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DE L’AUTRE. Deux références du Séminaire III de Jacques Lacan Eisler, M-J. y Isakower, O. Les Documents de la Bibliothèque de l’École de la Cause Freudienne, E.C.F., París, 1996, Sig. XXVI.4.(18) ReseñasEn este número de la serie de folletos que publica la E.C.F., dedicados a dar a conocer las referencias a los autores que Lacan cita en sus seminarios, se incluyen dos artículos muy significativos: el primero del neurólogo y crítico de arte húngaro Michael Josef Eisler, titulado: “Un fantasme de grossesse inconscient chez un homme inséré dans le tableau clinique d’une hystérie traumatique. Contribution clinique à l´érotisme anal”, publicado en Budapest en 1920. Es muestra del olvido de la función paterna en el análisis de la neurosis obsesiva. Extensamente comentado en el capítulo XII en el contexto de la diferenciación entre el síntoma histérico y las psicosis, especialmente en relación al caso Schreber en el que también se dibuja la pregunta sobre la procreación femenina.
El texto es de 1921 y, ya bastante dominado por los desarrollos de la nueva psicología del ego pero, sin embargo, no deja de ser muy freudiana la vívida manera en que entran a jugar en su descripción los elementos económicos de la libido del sujeto.
El segundo artículo a que Lacan remite en su Seminario “La psicosis” es el de Otto Isakower, titulado: “De la position exceptionnelle de la sphère auditive”, escrito en 1939, propone una suerte de síntesis entre la etología animal y la metapsicología freudiana, es ejemplo elocuente de las deformaciones del pensamiento analítico que se llevan a cabo en ciertos círculos anglosajones en los albores de la guerra.
A.R. subir La politique des choses Milner, J-C Navarin Éditeur, 2005, Sig. XXVI.4.(38) Reseñas“La evaluación no es una palabra, es una palabra de orden”. Habla el autor de la duplicidad que se esconde tras un vocablo aparentemente inocuo, que esconde todo un aparato de control y de homogenización de lo humano. Ya antes del siglo XIX espíritus bienpensantes avanzaron la hipótesis de que gobernar era una cuestión demasiado seria para confiarla a lo seres que hablan. Valdría más confiarlo a las cosas, que se gobiernan solas. La política más sabia sería, así, la que explique qué quieren las cosas. El experto a quien confiar ese saber tendría la misión de traducir lo que dicen las cosas. La estrategia óptima, la más prometedora, tendría un programa que cumplir: la transformación aceptada de los hombres en cosas.
La evaluación tiene ahí su lugar: en cada etapa, llevaría a cabo los procedimientos adecuados para que quedara establecido el gobierno absoluto de las cosas. No solo captaría al hombre en sus actos externos —evaluar las conductas, los resultados, las obras— sino también captaría del hombre los más íntimos secretos, les colocaría para siempre la marca de lo inerte.
Mucho más radicalmente que ninguno de sus predecesores, el hombre en la era de la evaluación se ha convertido en objeto, en el último de los objetos, el más pasivo de todos, el juguete de todas las fuerzas que pasen por su lado.
Otro vocablo jurídico prolifera en la sociedad de la gestión contable: evidencia, calco del inglés que se corresponde con el castellano prueba. Con la complicidad del nuevo traductor autómata se borra una diferencia esencial. El trecho que separa una ‘prueba’ de una ‘evidencia’ es claro en la tradición latina; hoy ese borramiento se instala en el nuevo lenguaje social transnacional. El término se sitúa exactamente, como señala Milner, en el punto de juntura entre el razonamiento científico y la prueba policial, pero a diferencia de la prueba, que supone a un sujeto, la ‘evidencia’ se inscribe por completo del lado de las cosas. Designa el momento mítico en que las cosas hablan solas. ¿Se trata de un efecto de la tradición empirista anglosajona? Puede que sí, aunque los grandes empiristas sabían mejor que nadie que las cosas son mudas o hablan oscuramente. Por eso, se trataría de pensar la cuestión desde una idea determinada del poder. Idea, que, prescindiendo del diccionario, se ha convertido en la mentira fundadora de ese gobierno de las cosas.
Amalia Rodríguez subir Lost in Cognition Laurent, E Colección Diva, Buenos Aires, 2005, Sig. III.2.(47) ReseñasAl hilo del magnífico título de Sophia Coppola, Eric Laurent confronta la uni-ideología contemporánea: ese lazo tan apretado como espúreo de conductismo y cognitivismo que intenta en todo momento reducir el sujeto a objeto al no dar ningún lugar a la pérdida, al vacío en que el sujeto habría de alojarse. Ante el empuje imparable de esas formas de pseudociencia, Laurent hace un recorrido por la gestación de esa ideología y su intento de hacer entrar, allá por los años sesenta al psicoanálisis en la psicología general, al precio de una simplificación radical. Tales planteamientos asombran por su simpleza: el cognitivismo, de hecho, se reduce a muy poca cosa: propone una identificación imaginaria con el otro y un autocontrol basado en la imagen de sí. Modelos, en todo caso, incapaces de dar cuenta de lo que queda más allá de todo modelo de aprendizaje: la inmersión del sujeto en el lenguaje.
El protagonista de Coppola, un actor que encarna a un actor, un personaje perdido en los espejismos de su yo, un sujeto intraducible que intenta leerse en otras lenguas. Impecable versión posthumana de los versos de Hölderlin: “Un signo somos, indescifrable, y en tierra extraña casi hemos perdido nuestra lengua…”. Imagen del desamparo contemporáneo que nos introduce al tema del libro: al sujeto que Laurent nos propone extraer de la confrontación del psicoanálisis, y su intraducibilidad, con la babel de las falsas ciencias y su traducción a las neurociencias.
Coppola toma sin duda el título de un célebre enunciado de uno de los más populares poetas norteamericanos, Robert Frost, que definía así la poesía: “Poetry is what is lost in translation”. Bella fórmula que pone en primer plano lo que se juega en esa pérdida: es el sujeto mismo lo que se pierde en la traducción, como es la poesía, el arte en toda su extensión, lo que queda fuera de esa ideología que hoy pretende sustituir no ya al saber, sino a la ciencia misma!
Amalia Rodríguez subir Les psychoses et le lien social. Le nœud defait. Naveau, P. Ed. Económica, París, 2004, Sig. XXV.6.(41) ReseñasEl autor parte del interrogante que le despierta la psicosis como enfermedad mental en relación a la construcción del lazo social. El psicoanálisis nos enseña que éste es creado por la estructura del lenguaje. El simpthôme es, en cada caso, aquello que da una escritura particular. En la psicosis, el lazo social se deshace a riesgo de romperse en el punto donde el lenguaje deviene pulverizado. El problema consiste en estar en la sociedad y a la vez "por fuera" de dicho lazo. Para él, el nudo está desanudado. La propuesta del autor es la de distinguir cuatro puntos principales: El problema de la responsabilidad, lo cual implica que el sujeto rechaza la culpabilidad del lado del A; las consecuencias que tiene la ausencia de lazo social, en lo que concierne a su relación con el lenguaje; la posición del sujeto psicótico que, por su relación al lazo social, asume diferentes modalidades que van de la tragedia a la comedia; la actividad de la escritura como posibilidad de suplencia.
En este libro, se distinguen cuatro apartados: la voz en la psicosis, el problema de la identificación, el niño y la psicosis, literatura y psicoanálisis. La primera parte estudia el mecanismo de la alucinación verbal. La segunda, trata el problema del ser en la psicosis. La tercera parte se refiere al aprendizaje del lenguaje en el infante, a la falla que hay donde se arriesga el tener entre la palabra y la frase. En la última parte, se tratan los casos de Beckett y Joyce, haciendo hincapié en la letra y la escritura, los nudos y la invención de una solución que les es propia.
Rosana Álvarez subir La urgencia generalizada, La práctica en el hospital Belaga, G. (compilador) Grama Ediciones, Buenos Aires, 2004, Sig. XXV.6.(44) ReseñasEl libro, con aportaciones de distintos colegas de la AMP, aborda un tema de actualidad, y elevada prevalencia, en la práctica clínica: "la urgencia".
Dos cuestiones, hilvanadas en cada apartado, sirven para dilucidar y articular respuestas en torno a ¿qué entendemos por urgencia? y ¿cuál es el aporte de la práctica psicoanalítica al tratamiento de ese nuevo síntoma , llamado "urgencia subjetiva"?
Si por un lado la urgencia viene caracterizada por la brusca perturbación del pensamiento, sentimientos o acciones que requieren de un tratamiento inmediato, o por una alteración psicopatológica aguda que reclama la presencia inmediata del especialista, es muy importante tener en cuenta la perspectiva de su gestación; es preciso dilucidar cómo se ha alcanzado ese momento. Desde el psicoanálisis, desde su práctica y aplicación, conviene indagar qué responsabilidad se ha eludido para que en lugar de formular la demanda se imponga la urgencia. No hay que olvidar, dato a retener, que la urgencia impone al sujeto obtener respuestas sin haber podido, o querido, hacer las preguntas, por tanto el compromiso subjetivo queda eludido, camuflado.
Debemos situarnos, en la atención a "la urgencia", de modo tal que la crisis no encubra por completo el espacio de la subjetividad. Se trata de atender la urgencia sin legitimarla, lo que supone querer saber quién viene o quién es llevado; interrogarnos sobre el diagnóstico del sujeto. Dejar un tiempo, después de una primera estabilización de la situación crítica, que permita la posibilidad de un futuro tratamiento. Tratamiento que a distancia de ese primer mome nto de la urgencia — tiempo de la prisa—, permita al sujeto interrogarse sobre su síntoma, un tiempo inaugural para la modificación subjetiva.
Gemma Ribera subir Teoría de las ficciones Bentham, J. Marcial Pons Editores, Madrid, 2005, Sig. XXV.8.(2) Reseñas¿Qué pasaría si una persona recogiese parte de los escritos de otra y, organizándolos de una manera aleatoria, los publicara en once volúmenes? Esto fue lo que hizo el discípulo de Jeremy Bentham (1748-1843), John Bowring, con sus manuscritos, al publicarlos en 1843 como The Collected Works of Jeremy Bentham. ¿Qué pasaría si otra persona, interesada en el lenguaje, la lógica, la gramática y los procesos de simbolización, casi un siglo más tarde, se dedicara a rastrear los volúmenes de Bowring y, con lo encontrado, publicara un libro con un título de su propia cosecha? Esto fue lo que hizo el filósofo del lenguaje norteamericano Charles K. Ogden con el libro Bentham's Theory of Fictions (1932).
Este es el trasfondo que subyace a este libro, ahora en versión castellana, con el título de Teoría de las Ficciones. Una obra que pretende, por un lado, explorar el lenguaje en sus diversas manifestaciones —jurídic a, científica y metafísica— y, por otro, desarrollar mecanismos que permitan desmontar las prácticas discursivas, principalmente las del discurso jurídico, visto como un caso especial de ficción ontológica. Para Bentham las normas jurídicas son tales, no porque gocen de una cualidad intrínseca que les dé ese carácter, sino simplemente porque son ficciones garantizadas en su cumplimiento por las prácticas coercitivas del poder. Completan esta edición sendos estudios que contextualizan la época de Bentham y que analizan su discurso.
Jeremy Bentham, de quien en 1998 se cumplieron 250 años de su nacimiento en Londres, logró imponer en Inglaterra, desde 1781, propuestas parlamentarias que promovían reformas jurídicas para la transformación de las cárceles (en 1855 Dickens criticará la inhumanidad de estas prisiones en Little Dorrit) y la reforma de las leyes penales y procesales. Publicará el Panóptico y tratados de legislación civil y penal que influyeron en el ordenamiento jurídico de diversos países europeos. Sus ideas utilitaristas quedan plasmadas en Teoría de las penas y de las recompensas. J.S.Mill es uno de sus más célebres discípulos pero Bentham es también inspiración en diferentes proyectos de socialistas utópicos y liberales, entre ellos los autores de la Constitución de Cádiz en 1812. En 1834, uno de nuestros más célebres anarquistas traduce sus Principios de legislación y codificación, que van a influir en el pensamiento político español del siglo XIX.
Ya en el XX se fija en sus aportaciones Michel Foucault, para quien Bentham es el complemento de Rousseau en su sueño de una sociedad límpida, visible y legible. Analiza su panóptico en Vigilar y Castigar. El dispositivo institucional de control es concebido por Bentham para "triturar pícaros en honestos, y ociosos en industriosos". Edificios construidos de modo tal que los allí alojados, sean presos, obreros o alumnos, puedan ser observados por un "ojo vigilante" con fines represivos-productivos desde todo ángulo sin que ellos lo sepan (la cárcel Modelo de Barcelona es buen ejemplo de su método e influencia).
No es casual que Lacan prestara especial atención a este autor en su Ética del psicoanálisis para señalarlo como el padre del utilitarismo, pensamiento que subyace a las modernas corrientes del pragma tismo que han derivado en el actual dominio del conductismo y su extensión a todos los campos del saber bajo la ficción cognitivista. Pero "fictitious", advierte Lacan, no quiere decir ilusorio o engañoso, sino ficticio en el sentido de que "toda verdad tiene una estructura de ficción". El esfuerzo de Bentham, continúa Lacan, se instaura en la dialéctica de la relación del lenguaje con lo real para situar el bien —el placer, que articula —de modo muy distinto a Aristóteles— del lado de lo real. En el interior de esta oposición entre la ficción y la realidad viene a ubicarse para Lacan el vuelco que supone la experiencia freudiana (Ética, 22). 'Ficticio' remite, así, al registro simbólico en Lacan, particularmente interesado en la posición ética a que el pensamiento benthamiano da lugar.
Amalia Rodríguez subir
 
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